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(Editorial de Nuestra Propuesta del 8 de julio de 2010) El 4 de julio de 1776 se produjo la declaración de la independencia en Norteamérica, que en ese tiempo estimulaba las luchas de los pueblos, pero aquellos propósitos terminaron pronto, flagelados por la historia. Hoy Estados Unidos de Norteamérica pretende gobernar el mundo para bien de las más grandes concentraciones económicas y militares del imperio, poniendo en peligro a la humanidad.
“Somos la parte del Universo que ha tomado conciencia” decía el científico Carl Sagan, refiriéndose a los seres humanos, esto parece no ser así para los guerreristas yanquis y sus aliados de Israel, que sostienen guerras depredadoras en Irak y Afganistan y un bloqueo metódico y asesino contra el pueblo palestino y ahora amenazas inmediatas sobre Irán. Pero el escenario no es solo el Medio Oriente, en Nuestra América se despliega lenta y persistentemente una política militar norteamericana que encierra graves peligros y tiene a la vez un proceso en curso en varios países de la región que se acercan a esas políticas.
La nave insignia de ese alineamiento es Colombia, con su armamentismo y agresividad, pero un país como Costa Rica, conocido por su neutralidad y que carece de fuerzas armadas, ha dado permiso para la instalación de fuerzas militares estadounidenses en su territorio, vecino inmediato de Nicaragua.Y hace apenas un año se ha producido un golpe de Estado en Honduras con directa ingerencia norteamericana.
De ahí la importancia de los acuerdos de articulación entre distintos países de la región, en el terreno político y económico, tales como la futura creación del Consejo de Estados Latinoamericanos, la Unasur, el Mercosur, el Grupo de Río y otras instancias, para enfrentar en mejores condiciones la ofensiva imperial.
Sería un pensamiento débil no considerar además el contexto político nacional, en el que la disputa entre el gobierno y la llamada oposición, que no es un todo armónico, puesto que es muy difícil hacer comer en un solo plato a toda una jauría, debe definirse a favor de los sectores populares. Medidas que retacean la redistribución por un lado o especulaciones oportunistas, por el otro, necesitan la presencia de una fuerza política autónoma y unida en su diversidad, con un programa avanzado de cambios que dé pelea para inclinar la balanza, apoyando las medidas redistributivas, exigiendo nuevas y justas reivindicaciones y presentando batalla a una derecha colaboracionista y reaccionaria.
No otra cosa es el panorama que se presenta ante los juicios a los represores, donde un abogado reclama los huesos de los desaparecidos para poder establecer la verdad, o una señora Fernández Meijide propone disminuir las penas a cambio de información sobre los desaparecidos. Mientras el dictador genocida Videla levanta la voz reclamando falta de justicia, él que la negó toda.
Lo que ellos quieren es consagrar la impunidad. Nosotros queremos justicia, memoria y cambios de fondo como única salida ante los embates del peligroso capitalismo decadente.
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